


Axel Rose


Todo cuanto vi al despertar fue que entre mis sábanas ya no se hallaba, había desaparecido. Alcé la vista y me vi en el reflejo del piano.¿cómo puede ser? murmuré mientras aquel extraño se reía de mí y yo llorando de angustia, tan de repente, todo tan rápido, parecía no acabar. Pero entonces no pensé, actué ¡para! grité y un soplo en el aire me susurró –amor tú ganaste. Y el reflejo me preguntó: ¿qué pasa cuando ganas? Yo solamente me sonreí.

Entra en ello. Aférralo con esas manos hastiadas y codiciosas. Apriétalo contra tu corazón muerto. Álzalo hasta labios sin vida y bésalo con una boca que no conoce más que obscenas mentiras. Éste el el vibrar que no puedes sentir.
Ésta es la rabiosa excitación que has olvidado.
Éste es el seductor canto de sirena que te falta.
Ésto es la inspiración. Esto es la vida.

![]() | Yo-Yo Ma - Cello Suite No.1, 1. Prelude | ![]() |
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El silencio quedó sellado para siempre. Había pasado bastantes años, más de los que imaginaba, pero él no los cumplía, vivía sin tiempo, sin fechas, sin corazón. Se abandonaría para siempre en las entrañas de un edificio antiguo desde donde podía divisar su ciudad; el puerto, los palacetes, el barrio pobre. Estaba consumido, sin fuerzas, aparentaba un cadáver pálido, con las ojeras azuladas que surcaban su rostro. Y aquellos ojos demolidos, sin color, sin brillo, aquella mirada apagada que un tiempo pasado sí brillo. No hablaba, enmudeció, yo creía que para siempre. Todos los días le visitaba y le traía comida, le curaba las heridas que se hacía. Tengo clavadas en mi mente cada marca de su piel. Todos los días le decía te quiero y él con la mirada perdida fingía no escuchar. Le amaba después de tanto desprecio por su parte y aquella frialdad que reinaba en su rostro.
Desde que la perdió se escondió del mundo. Yo no estaba presente pero cuado los encontré, él decía que había sido un accidente, nervioso lloraba, y entre sus brazos aquella muchacha tan bella, aquella mujer, que le robó el corazón estaba muerta. Pude adivinar un balazo en su cabeza. El revólver yacía a unos metros de la escena y pude comprender mejor.
Sentía pavor de encontrarme con aquel hombre a quien amaba y no sabía si decir si la muerte de aquella muchacha me dolía o me alegraba. Apenas conseguí sentir indiferencia. Ella lo había abandonado y sólo me tenía a mí. Pensé en rehacer una nueva vida junto a él y entregándole mi amor hacerle olvidar. Brilló un rayo de esperanza en mí. Me sentía afortunada por aquella muerte.
Al día siguiente tuvo lugar el entierro. Nadie sospecharía de él. Dijo que había sido un suicidio, que al entrar en la habitación ella le amenazaba con quitarse la vida de un tiro.
Decía aquella muchacha que el demonio la había poseído desde que se enamoró de él, desde que empezaron los juegos de amantes, los besos en los portones de cada calle, los abrazos interrumpidos por las gentes que paseaban, las noches de pasión que se hacían uno solo.
Pero después de aquello, yo no imaginaba lo que me temía, lo que no quería que sucediera; aquel silencio amargo, su consumación, su mirada perdida, su dolor por otra mujer. Yo a veces no podía evitar llorar delante de él por el rencor que sentía. Él no me correspondía, seguía amándola. Aún creía poder despertarlo de aquel sueño en que se sumió para siempre. Cada día, ante mi falta de fe rezaba a un Dios que había creado en mis vanas esperanzas. Él era él.
Un día decidí abandonar a aquel despojo de hombre que quedaba entre las sábanas. Llegué a su silla preferida donde se encontraba aquella tarde. Aún tenía los pergaminos que le traje en blanco y una pluma estilográfica que le compré a sabiendas de que si al menos no hablaba, escribiera. Me arrodillé a sus piernas, le tomé las manos con lágrimas en los ojos. Él clavaba su mirada en la ciudad como todos los días perdido y misterioso. Pude sentir que me miraba de reojo y como si leyese mi rostro dejó caer un soplo al aire – quédate conmigo-. Nuestras miradas se encontraron. Pude avistar una sonrisa amarga en él. Pasé toda esa tarde y noche abrazada a él, sentada en su regazo y me dormí bajo su mirada de niño inocente. Nunca la olvidaré. Escuché su respiración, respiré por su piel, sentí los latidos de su corazón golpeando en su pecho demacrado. De nuevo brillaría una nueva esperanza en mí. Pero yo misma me engañaba. Él sabía que no tenía a nadie más que a mí y si yo le abandonaba lo encerrarían en un siquiatra bajo el aire a muerto que destilan aquellos sitios.
Esa semana comió un poco más de lo que acostumbraba con comida más consistente y mejoró su aspecto. Era domingo, pasaría todo el día junto a él. Le bañé. Recorrí su piel que me sabía de memoria con la esponja lo más suave posible y le afeité. Su gesto había cambiado a menos amargura y aunque aún era frío notaba un tanto de calidez en sus labios.
Aquél día era de invierno, soleado y con un viento helado portando las ánimas perdidas de la ciudad. El sol iluminaba la estancia calentando nuestros cuerpos desnudos sobre aquel sofá acomodado en cama. Me hizo el amor con la poca energía que guardaba. Me robó los besos que nunca comprendí. Sus manos recorrieron mi cuerpo memorizando cada lunar preciado a su mirada encandilada. Respiró por mis poros recordando el aroma que emanaba de mi piel para recordarme para siempre. Esa sería la primera y la última vez que haríamos el amor. Lo hizo con rabia, con furia, como si intentara desahogarse, pero también con pasión y ternura.
A la mañana siguiente cuando desperté abrigada por una mísera sábana me encontraba sola. Me había abandonado para siempre. Dejó escrito unas letras sobre un pergamino enrollado y anudado con un cordel rojo:
Mi arcángel;
no eres merecedora de mis males,
ni de mi amor, ni de mi esencia.
Te abandono yo a ti por que sé
que tú nunca lo harás…
Ni una lágrima derramé por el tremendo impacto que tuvo aquellas en mí. Recorrí la ciudad, sus calles. Todas trayéndome recuerdos, vaivenes de imágenes. Volví por la playa, y creí poder ver lo en el muelle sentado viendo aquel atardecer de enero. Sería mi imaginación.
Llegué a casa, con el frío metido en el cuerpo, donde me habría de desistir con una fiebre grave. Ahora la que se consumía era yo. Aquél último invierno sería el infierno de mis últimos días…
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Días más tarde, yo; apenas importa mi nombre, la encontraría en su cama dormida para siempre, sin respiración. Encontré estas líneas escritas por la única mujer que de verdad dio su vida por mí y creo que la única que llegó a amarme en su plenitud. La recordaría hasta el resto de mis días para que siguiera viviendo al menos en mí. El egoísmo, la crueldad, la frialdad y la insistencia y no obtener nada nos había matado a mí el primero, a mi querido arcángel y aquella muchacha que llevaba un bebé nuestro en su vientre.
Pensar que tantos días- ¡años!- pasé junto a mi querido arcángel y nunca se llevó de mi labios un gracias o un te quiero. Porque yo la quería, a mi manera, pero lo hacía y en lo más hondo de mi corazón la apreciaba.
Mi arcángel, el día que tu alma se desprendió de tu cuerpo,
aquel día moriría yo para siempre porque aquella vida era yo.
(Fechado: mayo 2009)

De una niña para un niño llamado Óscar.
Querido como ausencia, te escribe amigo una carta de eventualidades una niña que poco sabe y en ella lleva la palabra de la ingenuidad escrita en alguna parte de su conciencia.
Cómo no saber que tú eres rey de la lluvia y yo soy tu reina. No somos dueños de imperios romanos ni de corazones de hojalata. Lejanos allá en el cielo somos nubes que solas divagan a un lado y a otro en busca de otras estrellas tan inalcanzables como lejanas. Pero yo sé que tú si puedes alcanzarlas y acercarlas cerca en tus manos de pintor tan misteriosas como algunas miradas. Tus manos esconden secretos tan fugaces que ni la mantis más astuta logra colarse por tu boca en besos para desprenderte de ellas. Tú puedes grabar sobre papel la estrella que nadie alcanza ni con la mirada. Tú puedes congelar mi sonrisa en un cuadro desprovisto de engaño. Tú puedes pintar un abrazo sobre mi espalda para que no falte compañía. Tú puedes inventar un mapa secreto sobre mi piel y encontrar un tesoro, una niña, o un beso, puede que una mirada ataviada de timidez, puede que tan llanamente y simple una amiga.
Y yo que tengo manos de poeta, que nunca recurro a los sueños que son para perdedores y son tan inalcanzables que ni mis letras lo comprenden, no esperan, aprenden a no esperar. Yo lo único que puedo es convertir palabras en besos y versos en caricias como viceversa. Puedo ser soledad, como compañera, como una palabra escondida, como un cielo de lluvia puedo regalar mis lágrimas, y las acuarelas de mis ojos. El tiempo en mi boca, el beso de la concordia. Yo soy una niña que regala palabras a cambio de una sonrisa o una lágrima. Y a veces la sonrisa regala la realidad de una lágrima. Yo siempre seré la ingenuidad de la palabra.
Aun cuando el tiempo me regale los errores de la vida para crecerme en desesperanza, yo seré cada día que pasa más fría y menos sabré de ser una niña. Una niña que no vive de sueños, ni esperanza, sólo espera, espera que no espera a nada y se brinda de ella.
Y tú mientras seguirás el dibujo de tu vida grabándolo sobre papel pero jamás serás dueño de él, él se llenará de ti, de tu presencia y esencia dejando en cada rincón de un alma una huella de eternidad, un momento de vida que jamás morirá.
Tu paso es alcanzar más allá de lo que no ven los ojos a simple vista y dejar en cada mirar el recuerdo del trazo de tus manos al pasar.
Mi paso es alcanzar más allá de lo que sienten simples mortales y hacer mi memoria inolvidable en unas palabras que se titulen silencio de eternidad.

[matan.Paula Fernández Morata © Copyright


Me los tengo que leer antes de cumplir los 18 ¿imposible? No, pero mejor despacio, al fin y al cabo
tenemos toda la vida por delante...
(los coloreados son un avance jijiji)

Dante Gabriel Rossetti (Londres, 12 de mayo de 1828 – Birchington-on-Sea, Kent, 10 de abril, 1882) fue un poeta, ilustrador, pintor y traductor inglés.



Foto: Mi piano
-no sé como hacerte desaparecer. ¿De dónde? te preguntarás. Al menos de mi mente, prefiero no perderte de vista, mirar tus ojos seductores. ¡Qué malos son los deseos que no se cumplen! ¿Me darás ese pequeño lujo de besarte? ¡Qué perversos son mis caprichos! ¿Te los susurro al oido? Me encantas. No me hagas caer, abrázame o sutilmente hazme ver: tú no eres para mí.-Hazme lo que quieras .. -susurró.
Tenía diecisiete años y la vida en los labios.
"La sombra del viento".
Te ves muñeco del hombre y en el fondo malvada te insinúas gloriosa. Eres una diosa y mírate. ¿Quién aumenta tu existencia?

