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Paula Fernández Morata
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lunes, 1 de junio de 2009

Hacia el corazón de la tierra


Hacia el corazón de la tierra
(26-abril-09)



Era un día cualquiera
de un cualquier año
era un amanecer incierto
tras el espejo
de sus ojos cerrados.
Se miraba
y en lo profundo veía
sin rostro su cara,
sin mirada sus ojos,
sus labios sin magia,
el pelo alborotado
sin gracia,
su cuerpo arañado
blanco sin perla,
extrañamente amante
de los retratos olvidados,
escondidos en el pasado.

La miraron aquellos ojos,
la miraron con odio,
saboreándolo en sus labios
de quien amaba
y había adorado,
y le escupía en la cara
con indiferencia,
aborrecimiento en su costado.
Le había fulminado
como el gas metano.
Le había abofeteado su rostro
con sus gestos enfrentados.
Le dolía la piel
con un simple y suave tacto,
el aliento se había desecho
tras su desgarrado pecho,
el cigarrillo quemaba sus pulmones
consumiendo el recuerdo,
y sus ojos lloraban sangre
como si los hubiesen taladrado.

Gris era aquel amanecer.
Había llovido tierra
por el viento transportado
de un Sahara perdido
entre sus dunas de mares.
Se levantó con un suave deslizamiento
abriendo puertas
y saliendo de su escándalo
de días y noches
en los que le había amado.
La calle la llamaba,
salió a su paso…
perdiéndose,
encontrándose,
llorando
en silencio
como un rayo de sol
que se deja ver
pero en silencio.

Se miró en un charco,
el cielo pareció iluminarle
y las campanas de las doce
sonaron, despertándola
de su embriagado estado.
Y era tarde,
y era temprano,
con un adiós para siempre
y como nunca un jamás,
llamó a su pasado,
a la lluvia, a la tierra,
a su madre,
a sus mariposas hechizadas
a su locura amante.

Fue recorriendo cada calle
bajando cuestas
perdiéndose en otras tales.
No había nadie,
ni almas,
desierta estaba habitada
por la nada,
por parajes y mansiones
que la llenaban de magia.

La brisa del mar la acarició
sintiendo aquel frío acogedor
después de semanas
bajo el fuego abrasador.
Y la sonrisa pareció volver
hallándose entre las aguas
de sus corrientes, de su playa.
Cayó al hondo del puerto
se encontró con sus amigos
los arrecifes de su alma,
los corales ensangrentados
los peces de la nada.
La luz se coló por el mar,
las burbujas ascendieron
en llamada de paz
mientras sus pulmones
se llenaban de agua
y dejaba de respirar.

Ese día se rió como nunca
y yo ahora reía a su muerte.

Aquel día que no era incierto
me dijo sin saberlo
que su secreto
para siempre
con ella se marchaba.

Paula Fernández Morata © Copyright

1 comentario:

  1. Increible, me re llegó. Ese tinte oscuro en las palabras, pero a la vez tan reconfortante y lleno de paz.

    Un abrazo, Germán.

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