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Paula Fernández Morata
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sábado, 27 de junio de 2009

Testamento de Beethoven

Laberintos e Infinitos


Testamento de Beethoven.
Ludwig van Beethoven
Heiglnstadt, 6 de octubre de 1802

A mis hermanos Carl y Johann

«¡Oh semejantes míos, que me toman o que
me denuncian, como triste, malhumorado, o mezqui-
no, qué gran mal me hacen! No saben la causa secre-
ta de lo que me hace presentar tal aspecto. Mi cora-
zón y mi disposición desde mi niñez, se inclinaban ha-
cia los sentimientos tiernos de la buena voluntad y yo
siempre me inclinaba hacia las grandes acciones, pero
consideren que durante seis años yo he caído bajo
una condición incurable y empeorada por médicos in-
sensatos, engañado durante años con una esperanza
de mejoría y finalmente expuesto a la contemplación
de una dolencia duradera, la curación de la cual podrá llevar años o tal vez sea imposible.
Nacido con un temperamento ardiente y lleno de vida, incluyendo una disposi-
ción de entretener a la sociedad. A temprana edad tuve que aislarme para vivir una vida
solitaria. Si a veces trataba yo de pasar por alto todo esto, qué grande golpe fue el de
experimentar las deficiencias de mi oído; más aún no me era posible pedir a las personas
«que hablaran más fuerte, que gritaran, porque yo era sordo». De qué manera debía yo
admitir la debilidad en uno de los sentidos que debía haber sido más perfecto para mí que
en otros; un sentido que yo antes poseía en la mayor perfección, una perfección como
pocos de mi profesión hayan experimentado ¡Oh, no lo puedo hacer! Perdónenme en-
tonces si me ven alejarme cuando debía estar allegándome al mundo.
Mi infortunio me da un dolor doble cuando trato de hacer que otros comprendan.
La recreación en la sociedad humana, los pasajes más deleitables de la conversación, las
confidencias; ninguna de estas cosas es para mí; ya sólo, nada menos que las exigencias
más grandes pueden lograr que yo me exponga a la vida social. Yo tengo que vivir como
un exiliado; si estoy en compañía de otros, cae sobre mí un terrible temor, el temor de que
lleguen a saber de mi condición. Así ha sido durante estos últimos seis meses que he
pasado en el campo, bajo órdenes de mi buen médico, en los que he tratado de proteger
todo lo posible mi oído. Su prescripción concordó con lo que ha llegado a ser casi natural
para mí, aunque a veces por mis deseos de asociarme con otros me he dejado engañar;
pero qué humillación cuando alguien parado junto a mí oía una flauta y yo nada oía, o
un paseo por el quéhacer
cuando alguien oía al pastor en su canto y de nuevo yo nada oía. Varias veces llegué casi
a la desesperación; un poco más y hubiera puesto fin a mi vida. Fue mi arte lo único que
me detuvo; parecía imposible partir de este mundo sin dar a saber todo lo que sentía en
mí; y así es que volví a encaminarme por esta desdichada vida; un cuerpo tan sensible que
un cambio un poco repentino puede alterar mi estado de muy bien a muy mal.
Paciencia (esa es la palabra, ella es la que tengo que tomar como mi guía; lo he
hecho) espero que mi resolución de perdurar sea constante, hasta que los inexorables
faros corten el hilo. Puede ser que las cosas mejoren, pero puede ser que no; estoy
preparado (tan pronto en mi año 28 de vida se me exige volverme filósofo; no es fácil;
más difícil para un artista que para cualquier otro. Oh Dios, Tú ves hasta mis entrañas. Tú
me conoces, Tú sabes que el amor hacia el hombre y la inclinación a la beneficencia
moran dentro de mí. Oh mis semejantes, cuando posteriormente lean esto, crean que me
han hecho mal; y el desafortunado que se consuele encontrándose un compañero en la
mala fortuna, quien, a pesar de todos los obstáculos naturales, no ha dejado de hacer
todo lo que esté a su alcance para formar filas con los artistas y los buenos hombres)»
Entonces se dirige a sus hermanos: «mi deseo es que tengan mejor vida que yo, con
menos preocupaciones: Exhorten a sus hijos a la virtud, esto solamente puede traer la
felicidad, no el dinero, yo hablo de la experiencia; aquello fue lo que me sostuvo aun en la
miseria, a aquello y a mi corazón tengo que agradecer que no haya terminado mi vida con
el suicidio.
Adiós, ámense los unos a los otros. Doy gracias a todos mis amigos, especial-
mente al Príncipe Lichnowski y al Profesor Schmidt. Yo quiero que los instrumentos del
Príncipe Lichnowski permanezcan bajo el cuidado de alguno de ustedes, pero que no
haya contiendas entre ustedes acerca de ellos; únicamente cuando les puedan ayudar a
lograr algo más útil, véndanlos sin demora.
Qué gozoso estaré si aun bajo la tierra puedo serles útil .Que sea con gozo que
yo apresuradamente camine hacia la muerte y la vea cara a cara. Si viene antes que yo
haya tenido la oportunidad de desenvolver todas mis capacidades artísticas, a pesar de
mi dura suerte, vendrá demasiado pronto, y yo seguramente desearé que venga más
tarde, pero aún así estoy contento ¿Acaso no me libra de un estado de sufrimiento
incesante? Ven cuando quieras, yo te haré frente con valor.
Adiós y no me olviden del todo en la muerte, yo merezco esto de ustedes, de
quienes en mi vida he pensado con frecuencia, deseándoles felicidad ¡Que así sea!»

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