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Paula Fernández Morata
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sábado, 18 de julio de 2009

Esperándome, tal vez, mañana.

En este vicio de mundo desperté con la misma ropa con que anoche me eché a la cama bajo su peso enmascarado. Hoy era un día de esos nublados y grises que tanto adoro. Me tendí contra la pared arrinconada del vacío que tu cuerpo había dejado, anhelando tu mirada de niño mientras yo envejecía en piel y palabras.

Un día. Solamente un día.

Ya no estarías ahí para sostenerme en tus brazos y los días pasaban tras mi ventana baratos. los coches de la avenida buscando su lugar para caminar en un mundo sin fruto ni mordida y los pasos afuera, huecos, como mis palabras.

Devolví la mirada al vacío que dejaste hace ya tantos años y salí a la calle en busca de la estación sin pensar ya ni a lo que iba.

Te marchaste antes de llegar. Un día que llegaste a mis ojos en aquella desolada estación de enero, amado invierno. Chocaron nuestras miradas perdidas en las vías del tren y por fin encontrados me abrazaste sin pedírtelo maquillando tu profunda sonrisa para robarme la mía. No se dejaron rogar las lágrimas derramadas que tus labios concentraron en mi boca. No se hizo de rogar el inviero para prestarnos nuestro propio abrigo en mi cama. Mi piel helada bajo la tuya ardiendo.
Fuimos dos niños traviesos olvidando los años transcurridos sin apenas sentido en aquel desamparado colchón. Recuerdo tu mirada como el primer día que la vi, en otros tiempos más tiernos en los que yo aún muchacha buscaba la manera de robarte los besos y tú unos años mayor evitabas mi mirada. Fue un amor sin medidas en los que nos amamos sin saberlo en silencio.
Comprendiste entre mis brazos algo, que vi reflejado en tu mirada y no pude entender, mientras entrabas en mis entrañas callando tus gemidos en mi boca, ahogando los años, abandonando los pensamientos. No me dejaste escapar de tus brazos, tus manos recorrieron mi piel pidiendo perdón, tus labios me besaron sin descanso escondiendo un adiós, mientras mis ojos derramaban aquellas lágrimas que se congelaron en el tiempo hace diez años.
Despertando para otro día de enero ni tú ni yo estábamos para el encuentro. Tú marchaste con el mismo corazón que me robaste desde pequeña y yo quedé con el amor que cosí en mi piel tan a mi pesar.
Después de estos diez años tendida en la cama olvidándote, he vuelto a recordar aquél único momento en que mi vida tuvo sentido por un miserable día... he vuelto a recordar tu mirada sentada en el vagón mirando tras la ventana sin ver nada más que a ti en mi pensamiento.
He vuelto donde hace diez años te encontré de nuevo con grave y recordado dolor y mentiría si no digo que he vuelto a ver aquella mirada de niño observándome en silencio y esa seriedad que amo reflejada en sus labios...

Esperándome, tal vez, mañana.


Paula Fernández Morata © Copyright


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