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Paula Fernández Morata
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martes, 15 de septiembre de 2009

Arcángel

Arcángel

El silencio quedó sellado para siempre. Había pasado bastantes años, más de los que imaginaba, pero él no los cumplía, vivía sin tiempo, sin fechas, sin corazón. Se abandonaría para siempre en las entrañas de un edificio antiguo desde donde podía divisar su ciudad; el puerto, los palacetes, el barrio pobre. Estaba consumido, sin fuerzas, aparentaba un cadáver pálido, con las ojeras azuladas que surcaban su rostro. Y aquellos ojos demolidos, sin color, sin brillo, aquella mirada apagada que un tiempo pasado sí brillo. No hablaba, enmudeció, yo creía que para siempre. Todos los días le visitaba y le traía comida, le curaba las heridas que se hacía. Tengo clavadas en mi mente cada marca de su piel. Todos los días le decía te quiero y él con la mirada perdida fingía no escuchar. Le amaba después de tanto desprecio por su parte y aquella frialdad que reinaba en su rostro.
Desde que la perdió se escondió del mundo. Yo no estaba presente pero cuado los encontré, él decía que había sido un accidente, nervioso lloraba, y entre sus brazos aquella muchacha tan bella, aquella mujer, que le robó el corazón estaba muerta. Pude adivinar un balazo en su cabeza. El revólver yacía a unos metros de la escena y pude comprender mejor.
Sentía pavor de encontrarme con aquel hombre a quien amaba y no sabía si decir si la muerte de aquella muchacha me dolía o me alegraba. Apenas conseguí sentir indiferencia. Ella lo había abandonado y sólo me tenía a mí. Pensé en rehacer una nueva vida junto a él y entregándole mi amor hacerle olvidar. Brilló un rayo de esperanza en mí. Me sentía afortunada por aquella muerte.

Al día siguiente tuvo lugar el entierro. Nadie sospecharía de él. Dijo que había sido un suicidio, que al entrar en la habitación ella le amenazaba con quitarse la vida de un tiro.
Decía aquella muchacha que el demonio la había poseído desde que se enamoró de él, desde que empezaron los juegos de amantes, los besos en los portones de cada calle, los abrazos interrumpidos por las gentes que paseaban, las noches de pasión que se hacían uno solo.

Pero después de aquello, yo no imaginaba lo que me temía, lo que no quería que sucediera; aquel silencio amargo, su consumación, su mirada perdida, su dolor por otra mujer. Yo a veces no podía evitar llorar delante de él por el rencor que sentía. Él no me correspondía, seguía amándola. Aún creía poder despertarlo de aquel sueño en que se sumió para siempre. Cada día, ante mi falta de fe rezaba a un Dios que había creado en mis vanas esperanzas. Él era él.
Un día decidí abandonar a aquel despojo de hombre que quedaba entre las sábanas. Llegué a su silla preferida donde se encontraba aquella tarde. Aún tenía los pergaminos que le traje en blanco y una pluma estilográfica que le compré a sabiendas de que si al menos no hablaba, escribiera. Me arrodillé a sus piernas, le tomé las manos con lágrimas en los ojos. Él clavaba su mirada en la ciudad como todos los días perdido y misterioso. Pude sentir que me miraba de reojo y como si leyese mi rostro dejó caer un soplo al aire – quédate conmigo-. Nuestras miradas se encontraron. Pude avistar una sonrisa amarga en él. Pasé toda esa tarde y noche abrazada a él, sentada en su regazo y me dormí bajo su mirada de niño inocente. Nunca la olvidaré. Escuché su respiración, respiré por su piel, sentí los latidos de su corazón golpeando en su pecho demacrado. De nuevo brillaría una nueva esperanza en mí. Pero yo misma me engañaba. Él sabía que no tenía a nadie más que a mí y si yo le abandonaba lo encerrarían en un siquiatra bajo el aire a muerto que destilan aquellos sitios.
Esa semana comió un poco más de lo que acostumbraba con comida más consistente y mejoró su aspecto. Era domingo, pasaría todo el día junto a él. Le bañé. Recorrí su piel que me sabía de memoria con la esponja lo más suave posible y le afeité. Su gesto había cambiado a menos amargura y aunque aún era frío notaba un tanto de calidez en sus labios.
Aquél día era de invierno, soleado y con un viento helado portando las ánimas perdidas de la ciudad. El sol iluminaba la estancia calentando nuestros cuerpos desnudos sobre aquel sofá acomodado en cama. Me hizo el amor con la poca energía que guardaba. Me robó los besos que nunca comprendí. Sus manos recorrieron mi cuerpo memorizando cada lunar preciado a su mirada encandilada. Respiró por mis poros recordando el aroma que emanaba de mi piel para recordarme para siempre. Esa sería la primera y la última vez que haríamos el amor. Lo hizo con rabia, con furia, como si intentara desahogarse, pero también con pasión y ternura.
A la mañana siguiente cuando desperté abrigada por una mísera sábana me encontraba sola. Me había abandonado para siempre. Dejó escrito unas letras sobre un pergamino enrollado y anudado con un cordel rojo:

Mi arcángel;
no eres merecedora de mis males,
ni de mi amor, ni de mi esencia.
Te abandono yo a ti por que sé
que tú nunca lo harás…

Ni una lágrima derramé por el tremendo impacto que tuvo aquellas en mí. Recorrí la ciudad, sus calles. Todas trayéndome recuerdos, vaivenes de imágenes. Volví por la playa, y creí poder ver lo en el muelle sentado viendo aquel atardecer de enero. Sería mi imaginación.
Llegué a casa, con el frío metido en el cuerpo, donde me habría de desistir con una fiebre grave. Ahora la que se consumía era yo. Aquél último invierno sería el infierno de mis últimos días…

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Días más tarde, yo; apenas importa mi nombre, la encontraría en su cama dormida para siempre, sin respiración. Encontré estas líneas escritas por la única mujer que de verdad dio su vida por mí y creo que la única que llegó a amarme en su plenitud. La recordaría hasta el resto de mis días para que siguiera viviendo al menos en mí. El egoísmo, la crueldad, la frialdad y la insistencia y no obtener nada nos había matado a mí el primero, a mi querido arcángel y aquella muchacha que llevaba un bebé nuestro en su vientre.
Pensar que tantos días- ¡años!- pasé junto a mi querido arcángel y nunca se llevó de mi labios un gracias o un te quiero. Porque yo la quería, a mi manera, pero lo hacía y en lo más hondo de mi corazón la apreciaba.

Mi arcángel, el día que tu alma se desprendió de tu cuerpo,
aquel día moriría yo para siempre porque aquella vida era yo.


(Fechado: mayo 2009)


Paula Fernández Morata © Copyright

3 comentarios:

  1. los desencuentros en el amor,el que lo da todo y el que no da nada,ese corazon roto necesito 2 para revivir,y tambien llego tarde....por segunda vez. un cariño

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  2. un profundo y extraño amor, sin duda!

    gran escrito Pau

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  3. Hay personas luminosas, seres maravillosos que no son conocedoras de su deslumbrante y atrayente Luz. Se sienten solas.
    Hay ángeles en este momento que felices vuelan hacia ellas.

    Hay personas que se sienten caídas, perdidas en la oscuridad del tiempo, heridas por el frío de la marginación. Se sienten desvalidas.
    Hay estrellas en este momento que con brillo les llaman.

    ¿Cuál de ellos eres tú...?

    Hay una Nova
    Ángel - Mikelo

    Hay una estrella
    que está triste
    que piensa e insiste
    que solo es centella.

    Hay una estrella
    que quiere ocultarse
    que quiere evitarse
    que sea la más bella.

    Hay un ángel caído
    que estaba perdido
    que estaba desvalido
    que estaba herido.

    Hay una estrella.
    Hay una huella.

    Hay una estrella
    que le alumbra
    que le deslumbra
    que le guía hacia ella.

    Hay una estrella
    que su luz enamora
    que es supernova
    que su alma destella.

    Hay un ángel caído
    que tiene un destino
    que tiene un abrigo
    que ella ha prendido.

    Hay un ángel caído.
    Hay un grato latido.

    Hay una estrella
    que ya no insiste
    que ya no se resiste
    que es la más bella.

    Hay una estrella
    que ya no siente pena
    que nueva luz estrena
    que ya no es doncella.

    Hay un ángel amigo
    que su luz anhela
    que con ella vuela
    que ya no es caído.

    Hay una estrella,
    hay un grato latido,
    hay un ángel amigo,
    hay una huella.



    Hay un recuerdo indeleble... Estrella que danzas sobre los pianos.

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